
Cuando el Joker secuestra a Vicky Vale y se la lleva al museo de arte en el primer Batman (el de Tim Burton), hojea delante de ella su album de fotos menospreciando su trabajo hasta que, de repente, llega a una página en la que hay varias fotografías de cadáveres que la joven periodista llevó a cabo en el escenario de una guerra. El Joker, maravillado ante esas fotos la felicita y, poco después, le comenta que él mismo también es un artista. Un artista que hace arte cuando alguien muere. Ya sea quemándolos con ácido, electrocutándolos o intoxicándolos con cosméticos que dejan cadáveres sonrientes.
Otro personaje algo más real llamado Ed Gein, mató a varias personas en su localidad y, con sus restos, fabricó todo tipo de instrumentos y mobiliario no exentos de cierta inquietud artística. La labor de este demente dio lugar a varias películas ("Ed Gein" y "La matanza de Texas", por ejemplo) en las que se destacó siempre esta faceta artística del personaje.
El asesino Hannibal Lecter de "El silencio de los corderos" también tiene su faceta artística. A pesar del estrés que debe causar el llevar a cabo una fuga, se permite perder el tiempo crucificando a uno de su carceleros de tal manera que parezca una mariposa con las alas abiertas. O matar a un delator recreando el ahorcamiento con las tripas fuera de un histórico traidor de la Florencia renacentista.
Queda claro pues, que lo de hacer arte con la muerte es algo que se ha explotado en el cine y, al parecer, ahora también fuera de él.
La exposición “Bodies… the exhibition”, muestra una serie de cadáveres (y pedazos de cadáveres) en distintas vitrinas y pedestales con sus órganos internos a la vista para disfrute y deleite de quienes quieran contemplarlos. Obviamente, una exposición como esta requería de una coartada altruista para ser presentada, y es por eso que oficialmente la muestra se vende como una forma de observar el cuerpo humano como nunca se había hecho antes. Una excursión que ningún colegio puede perderse por su alto nivel educativo, por ejemplo. No obstante tantas buenas intenciones, la entrada normal no baja de 18 euros. Y en el fondo es justo. Se vende como museo pero se paga como espectáculo. Lo que realmente es.
Un servidor fue a ver dicha exposición el pasado fin de semana y, después de meditar sobre lo que allí había, solo puedo decir que en la mayoría de piezas nunca me sentí más lejos de acercarme al cuerpo humano.
Me explico. El tratamiento al que han sido sometidos esos cuerpos hace que lo que realmente vemos sea más parecido a unos sofisticados maniquíes que a una persona muerta. La elasticidad, el brillo, la textura,… todo se ha perdido. Solo quedan la forma y los volúmenes (que tampoco son reales debido a que el líquido que inyectan a los cuerpos les da una rigidez de la que carecerían, como amablemente explica una de las trabajadoras de la exposición que te ofrece la posibilidad de coger y tocar un hígado tratado con la sorprendente solución plastificadora).
A pesar de que algunas de las piezas, sobretodo la sección de fetos, llevan un aviso sobre su posible capacidad de sugestión por si alguien no quiere mirarlos, lo cierto es que la sensación que produce la contemplación de casi todo lo que hay allí es la misma que la que tendríamos al ver un puñado de muñecos a tamaño gigante del clásico juego de Anatomía. Tanto es así que ni siquiera se han cuidado de intentar mantener limpios los cuerpos, y puede apreciarse perfectamente el polvo que se acumula sobre ellos, como si de simples trastos se tratara. La mayoría de ellos, ni siquiera están preservados dentro de urnas sino que cualquiera puede acercarse y tocarlos (lo cual ocurre a menudo a pesar de los cartelitos que ruegan que no se haga).
¿Qué pretendía realmente el autor de esta exposición? ¿Enseñarnos el cuerpo humano tal y como es por dentro? Lo hemos visto en documentales y en recreaciones en 3d que, visto lo visto, resultan más reales que la propia realidad que el autor de Bodies nos propone. ¿Es arte entonces? Si es así, hemos cruzado la frontera que el propio H.R. Giger no había saltado aún.
Si el austríaco modela esculturas con cráneos y huesos que en realidad son de materiales sintéticos o de animales, el autor de Bodies se ha arriesgado finalmente con la materia humana real. La única barrera ¿autoimpuesta? ha sido darle a todo ello un trasfondo científico y una coartada ética que además viene avalada por el compromiso a incinerar los cuerpos una vez haya acabado la exposición. ¿Pero seguro que no estamos ante el inicio de una nueva tendencia artística? Los cuerpos que vemos en Bodies fueron donados y se permitió que fueran sometidos a la técnica que ha permitido conservarlos de esta manera. ¿Significa eso que, donación mediante, habrá nuevas exposiciones con fines puramente estéticos o artísticos? ¿Podré yo mismo donarme para que un artista con menos escrúpulos haga de mi cuerpo una obra de arte imperecedera? ¿Reaccionaríamos igual ante una lámpara fabricada con huesos y piel humana si su artífice fuera un asesino demente que si fuera un artista consagrado? Si la respuesta es no, entonces falta muy poco para que veamos la secuela de Bodies. Y seguro que será mucho más interesante.