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lunes, octubre 08, 2012

SITGES 2012 - JOHN DIES AT THE END



   Don Coscarelli, a pesar del aprecio que se le pueda tener dentro del mundillo del cine fantástico, no es que descubriera el agua caliente precisamente. De hecho, su filmografía es muy corta y prácticamente desconocida para el no aficionado. Su película más conocida y la que le dio la fama en este círculo fue  “Phantasma” (Phantasm, Don Coscarelli, 1979), un extraño film de terror que mezclaba terror gótico de cementerio y un particular hombre del saco (el hombre alto) con portales que se abrían a otros planetas/dimensiones y bolas de acero letales más propias de un film de ciencia ficción.
   Veinte años después y con tan solo secuelas olvidables de Phantasma, un par de películas más por medio y un episodio de la serie “Masters of horror”, Coscarelli ha venido a presentarnos un film que, utilizando distintas convenciones del cine de terror, construye una comedia divertidísima e imprescindible para todo amante del género. Más aún porque para crear sus gags no se vale del facilón recurso de la parodia que tan nefastos resultados continúa dando a la comedia americana actual (“Scary movie” (ídem, Keenen Ivory Wayans, 2000), “No es otra estúpida película americana” (Not another teen movie, Joel Gallen, 2001), etc,…) sino que se atreve con un cruce imposible entre “Las alucinantes aventuras de Bill y Ted” (Bill & Ted’s Excellent adventure, Stephen Herek, 1989),  y “El almuerzo desnudo”  (The naked lunch, David Cronenberg, 1991) consiguiendo un cóctel explosivo de risas y situaciones delirantes.
   Tras un curioso prólogo en el que un joven lucha con una especie de zombi al que no termina nunca de matar, la película comienza con ese mismo joven charlando en un restaurante chino con un señor al que interpreta nada menos que Paul Giamatti.  Toda la película se estructura entonces a partir de esta conversación en la que el joven trata de hacer entender a este señor, un periodista al parecer, que a nuestro alrededor existe otro mundo poblado por extrañas criaturas que solo pueden verse si se toma una extraña droga que él probó accidentalmente cuando su amigo John, el del título de la película, consiguió de un extraño rastafari cuando daba un concierto. Tan lisérgica experiencia les abrió la mente a los horrores ocultos en nuestra realidad y al mismo tiempo les convenció de que ellos y no otros eran los que debían luchar contra esas criaturas y evitar el posible fin del mundo.
   Un tratamiento serio de esta cuestión podría haber jugado con la posibilidad de que todo cuánto veían estos muchachos fuera tan solo producto de su imaginación como ocurría en “La escalera de Jacob” (Jacob's ladder, Adrian Lyne, 1990) y en cierta medida en “Abre los ojos” (idem, Alejandro Amenábar, 1997), donde son los propios protagonistas los que crean sus pesadillas. Pero Coscarelli no tenía intención en esta ocasión de asustarnos sino de hacernos pasar un rato divertido y ciertamente lo consigue desbordando además originalidad e imaginación en muchas de sus secuencias; el muñón de la chica que acaba siendo imprescindible para abrir la puerta fantasma, la droga que se convierte en insectos para penetrar en la piel de quien duda su ingesta, el monstruo hecho de carne y pescado congelado que surge del arcón, las intervenciones del carismático mentalista al que da vida ClancyBrown, el teléfono-perrito caliente,... Y por supuesto el chiste que propone el mismo título del film.
   Pero tampoco alcemos las campanas al vuelo. “John dies at the end” es una película friki y probablemente su éxito se circunscriba a un segmento de público no demasiado numeroso. Por suerte, y en parte gracias a películas como esta, cada vez existe un mayor gusto por el cine fantástico y un mayor conocimiento de este tipo de películas que de alguna manera se retroalimentan unas a otras con sus guiños y referencias.
   Nunca fui un gran fan de Fantasma y siempre creí que era un film que disfrutaba de una fama inmerecida, que no era más que una película mediocre con algún momento conseguido. Al ver el capítulo que Coscarelli rodó para Masters of horror quedé gratamente sorprendido y empecé a preguntarme por qué este hombre no había conseguido mantener una filmografía regular durante todos estos años.  Ahora, y después de haberle visto recoger el premio de "La maquina del tiempo", creo que ha llegado su momento y que el cambio de género y sentirse libre de la cadena de secuelas de Fantasma era lo que necesitaba. Espero con interés cuál será su próximo paso.

viernes, octubre 15, 2010

STAKE LAND; Combinación imposible de terror y comedia


Aunque mucha gente tiene la romántica idea de que los guiones de cine los escriben pequeños genios (a menudo con vidas tormentosas llenas de desengaños, alcoholismos y frustraciones) en habitaciones de hotel a lo "Barton Fink", lo cierto es que muchas de las historias que nos llegan desde Hollywood se han fraguado allí mismo, dentro de los estudios y gracias al desarrollo diario y sistemático de ideas que le son presentadas al productor ejecutivo de turno, quien decidirá a partir de ahí si dicha idea se transforma en película o no.
Todo este proceso puede verse perfectamente reflejado en la magnífica película de Robert Altman “El juego de Hollywood”, donde Tim Robbins interpreta al presuntuoso productor ejecutivo de una major en Los Angeles, y cuya primera aparición es precisamente sentado en su despacho oyendo las ideas que sus guionistas a sueldo quieren transformar en películas.
Esas ideas, en realidad, no son sino pastiches de otras. En parte porque así es como funciona realmente y en parte porque Altman pretendía ridiculizar esa forma de fraguar una película. Los guionistas, entrando uno por uno en el despacho como pacientes de un psiquiatra, le describían sus proyectos como una combinación de dos o más películas ya hechas (dejando así al productor como un inculto incapaz de comprender nada si no se le remitía a otra película anterior). Un ejemplo concreto es la propuesta que hace uno de estos guionistas al describir su idea como “una mezcla entre “Ghost” y “El mensajero del miedo”, o un thriller político, sobrenatural con conciencia,…

"Stake land", la película de Jim Mickle, parece haberse concebido utilizando precisamente ese mismo sistema y, la combinación de películas en este caso ha recaído sobre “The road” y “Zombieland”.
Para que quede claro el parecido argumental de estas tres películas, permítanme que escriba el storyline de cada una de ellas:

En “The road” un padre y un hijo atraviesan una tierra devastada por causa desconocida escapando de grupos de caníbales. Al final el muchacho queda solo y debe enfrentarse por fin, sin ayuda, al mundo tomando sus propias decisiones. Queda abierta la puerta a la esperanza al encontrar en el último momento a otros supervivientes.
En “Zombieland” un muchacho y el cazador de zombies que le recoge (que hace las veces de padre/mentor a partir de ese momento) atraviesan una tierra devastada por causa desconocida escapando de grupos de zombies. Al final el muchacho deberá enfrentarse a sus miedos y, abandonando a su mentor, tomar sus decisiones (rescatar a las chicas en peligro). Queda abierta la puerta a la esperanza al lograr con éxito el rescate de las chicas y huir con ellas.
En “Stake land” un muchacho es rescatado por un cazador de vampiros del ataque de un grupo de estos últimos que acaba con la vida de sus padres. El cazador de vampiros se convierte a partir de entonces en su padre/mentor. Juntos atraviesan una tierra devastada por causa desconocida escapando de salvajes chupasangres y de humanos que se han refugiado en una especie de fundamentalismo cristiano. Al final el muchacho deberá enfrentarse a sus miedos y, abandonado por su mentor, tomar sus decisiones. Queda abierta la puerta a la esperanza al encontrar el muchacho a su propia compañera y huir con ella.

A cualquier que haya visto las dos primeras supongo que le queda bastante claro que “Zombieland” funciona como una especie de versión cómica de “The road” (o a la inversa). Y entonces, ¿qué es Stake land? Con un planteamiento, desarrollo y desenlace tan parecidos, ¿qué espacio puede ocupar? Pues un punto intermedio entre ambas. Una combinación tan extraña que cuando se ve uno no sabe si debe reir o llorar.
Con un comienzo que se ajusta perfectamente a los cánones del cine de terror (el ataque a la casa del protagonista con la muerte de sus padres como colofón) saltamos a unos planos aéreos y grandilocuentes del chaval entrenando con su nuevo mentor en mitad de un campo a lo “Los inmortales” o "Karate kid". De los apuros de una monja que trata de huir de sus violadores pasamos a secuencias de acción y lucha en la que no faltan fantasmadas como lanzamientos de llaves de tubo que atraviesan el corazón de los enemigos. Y por si todo esto no descolocara suficiente, buena parte de la banda sonora de la película se acompaña con la narración en off de las reflexiones del protagonista en plan poético-melancólico.

Ya he mencionado en alguna otra ocasión que combinar terror y humor es altamente complicado y que muy pocos lo han conseguido. Pero es que, sinceramente, en “Stake land” no creo siquiera que esto fuera lo que se pretendía. Dado el tono trágico con el que comienza la historia y con el que termina, entiendo que los momentos de humor que se intercalan en el desarrollo no son sino meteduras de pata de sus responsables, salidas de tono mal calculadas que echan por tierra la coherencia de un relato que, remitiéndome a las sinopsis de más arriba, nos resulta más que familiar.
El tono sombrío con el que Mickle afronta la historia le otorga al menos un punto a su favor, especialmente en lo que concierne a esos grupos de supervivientes humanos que, lejos de querer trabajar para reconstruir la civilización, dedican sus esfuerzos a eliminar a los demás utilizando a los salvajes vampiros contra ellos, arrojándolos literalmente sobre las pocas poblaciones que quedan. Y todo ello para más inri, en nombre de Dios.

A parte de este detalle, y que el desconcierto que provoca no da lugar al aburrimiento, poco más a favor de esta película cuya combinación de géneros, deliberada o accidental, malversa por completo el potencial que pudiera tener originalmente.

martes, octubre 12, 2010

FASE 7; Pandemia en clave de humor


Cuando alguien realice una crónica sobre el cine de la primera década del 2000 difícilmente podrá evitar hablar de la tendencia temática apocalíptica que estamos viviendo. Primero con películas de grandes catástrofes con fabulosos efectos especiales y poco más (“El dia de mañana”), después con invasiones alienígenas exterminadoras (“La guerra de los mundos”) y finalmente con la más incisiva y explotable expansión de virus, bacterias y demás microbios (“Soy leyenda”, “REC”, “”28 días después”,…)

Tal es la influencia y la pasión entre los aficionados al fantástico que estas películas están teniendo que las cinematografías de todo el mundo parecen querer decir algo al respecto. Y así es como llegamos a “Fase 7”, película en clave de humor que nos llega desde Argentina y que parte de la siguiente premisa: una pareja joven compuesta por el pusilánime Coco (Daniel Hendler) y su novia embarazada Pipi (Jazmín Stuart), regresan a su piso en la ciudad después de haber realizado unas compras en el supermercado. Absortos en sus discusiones de pareja no se enteran hasta que es demasiado tarde de que una pandemia (cuyos síntomas y precauciones recuerdan mucho a la famosa gripe aviar) se ha extendido por el país y su edificio ha sido puesto en cuarentena.
A partir de aquí, Coco tendrá que estrechar lazos con su vecino de rellano, Horacio, quién se descubrirá como un paranoico que por fin ha encontrado la causa que necesitaba para darle sentido a su vida. Armado hasta los dientes, equipado con trajes antibacteriológicos y con un férreo sentido de la disciplina y el protocolo militar, tratará de que Coco le ayude a prepararse para una guerra entre vecinos por los escasos recursos que tienen en sus casas.

Con una puesta en escena colorista y luminosa y unos diálogos que encajan perfectamente en las divertidas situaciones que se irán dando, “Fase 7” se desarrolla como una comedia muy recomendable en la que además no falta ni la presencia del siempre agradecido Federico Luppi, en el papel de uno de los vecinos del edificio que, al final, acabará siendo decisivo para el devenir de los acontecimientos.
Resulta destacable la buena labor de su realizador al mantener el interés durante todo el metraje sin salir de tres o cuatro espacios, los pisos de los protagonistas, las escaleras hacia el piso de abajo y el parking así como la dosificación de los momentos de violencia que son los justos y, a pesar de su impacto, nada gratuitos. Resaltar por ejemplo el momento en el que Coco y Horacio entran en el piso de uno de sus vecinos y acaban escondiéndose a ambos lados de la puerta al escuchar que otro de los inquilinos se encuentra en el rellano; un momento de gran tensión resuelto de forma genial cuando los tres comprueban que ante ellos hay un espejo y que les ven perfectamente. O también las idas y subidas del protagonista por la escalera del edificio que siempre acaban saldándose con caer en las trampas explosivas que su propio compañero había colocado para protegerles.

Sin ser una obra maestra y teniendo en cuenta que además es la opera prima de su director, Nicolas Goldbart, quien hasta ahora había trabajado como montador, “Fase 7” se destapa como una muy apreciable comedia que se merece una oportunidad de distribución en nuestro país. Eso como mínimo.

domingo, octubre 10, 2010

VAMPIRES


Lo que peor me sabe de esta película es que estoy seguro de que nadie que no estuviera en la sala conmigo ayer la podrá ver nunca. Bueno, puede que exagere, pero creo que más allá de las salas belgas y del circuito de festivales va a ser muy complicado que una cinta como esta se estrene en nuestras pantallas o llegue al mercado del DVD o, más aún, se llegue a pasar por algún canal de televisión en nuestro país. Y no por que no se lo merezca, que tiene muchos méritos para ello, sino porque su tirón comercial es más corto que el montaje de “The fast and the furious”.

Vincent Lannoo, director de la película, sabe perfectamente lo que es trabajar con un presupuesto bajo y centrar la atención en los actores, no en vano debutó con un film dogma. Con esa credencial y tratándose de una película belga sin caras conocidas en el mercado internacional y por la que ni siquiera este festival ha apostado de una forma seria (no está a concurso en las secciones principales) el recorrido hacia la distribución será más que complicado.

“Vampires” es un mockumentary que parte de la siguiente premisa: una familia de vampiros de Bélgica escribe una carta a una cadena de televisión local para que vaya a su casa a filmarles para que así la gente pueda saber como vive realmente la comunidad de chupasangres local. El resultado de tan estimulante propuesta es una película totalmente descacharrante con momentos inolvidables desde que comienza hasta su desenlace.
Lejos de la dramática habitación de hotel donde el decadente Loui de “Entrevista con el vampiro” decide exponer a la luz pública la existencia de vampiros y su propio periplo vital, la familia de “Vampires” se muestra de forma abierta y jovial, tan natural como si estuvieran en el TV show “Gran hermano” o algo parecido obsequiándonos con constantes momentos para el recuerdo. Empezando con el hilarante gag del primer intento de grabación que se salda con algunas víctimas entre el equipo de rodaje, pasando por la naturalidad con la que los vecinos de la familia, también vampiros, narran como se conocieron y su especial apetito por los niños, hasta el viaje a Canadá y el choque cultural que sufren con la comunidad vampírica americana pasando por la visita a la escuela de vampiros o a la tienda de ataúdes, cada una de las vivencias de los protagonistas es una pequeña historia en si misma.
Cada revelación del mundo vampírico a través de la familia protagonista es además una crítica absolutamente corrosiva sobre el estado del bienestar y la diferencia de clases en el país belga (perfectamente extrapolable a la sociedad europea en general) donde unos pocos privilegiados manejan a los demás a su antojo utilizándolos y desechándolos de la forma más natural del mundo. Sirvan como ejemplo el que sea la propia policía la que les provee de sangre fresca trayéndoles cada noche a un inmigrante ilegal, que dispongan de una prostituta en casa a la que guardan en una nevera y sacan solo para cenar lo cual ella agradece, puesto que es un trabajo mejor que el que tenía, o el placer culpable que tuvimos todos cuando vimos como el hijo adolescente de la familia y su amigo vampirizan a un disminuido para luego tener que acabar matándolo.

Sin duda, lo más destacable de la propuesta además de su excelente sentido del humor en el que, como ya he dicho, queda muchísimo espacio para hablar de temas sociales sin tener que caer en el izquierdismo obvio de muchos de nuestros cineastas reconocidos amigos de la pancarta, es el esforzadísimo trabajo de sus actores que están inmensos cada uno en su papel y que añaden un punto adicional de verismo al falso documental en el que, eso sí, a veces se justifique difícilmente la presencia de algún plano demasiado calculado cinematográficamente. Pero poca cosa le puedo criticar (en el mal sentido) a esta fantástica muestra de cine que justifica por si sola el que, un año más, me haya venido hasta Sitges para ver y escribir sobre cine.

Divertidísima.

jueves, agosto 13, 2009

ARRASTRAME AL INFIERNO; No es el regreso de aquél Sam Raimi


Hace más de 25 años que Sam Raimi asombró al público con su vertiginosa forma de mover una cámara en “Evil Dead” (aka “Posesión infernal”). Su delirante imaginación, su pobrísima puesta en escena y, principalmente, su arriesgada propuesta de aunar en la misma película terror y comedia, le catapultaron a la fama inmediata en los mismos (o parecidos) círculos en los que se encumbraría algunos años más tarde a Peter Jackson.

Ambos cineastas, desde cinematografías y estilos muy distintos, optaron por impactar a su potencial público con una mezcla de terror, casquería y mucho humor. Raimi se apoyó en una historia de jovencitos aislados en una casa en mitad del bosque (como se puede ver, pasados todos estos años el cliché sigue funcionando), con demonios que regresan del más allá a través de un sortilegio. En definitiva una historia muy cercana al horror gótico más clásico pero con diálogos absurdos y situaciones delirantes que bebían del slapstick. Jackson, por su parte, tomó prestada de la ciencia ficción más cutre su propuesta de invasión alienígena a cargo de unos caníbales del espacio que jugaban a ver quién era más escatológico, si ellos o los humanos que trataban de evitar la invasión.

La diferencia fundamental entre ambos es que Peter Jackson se ciñó al patrón de comedia desde el primer momento (aunque fuera una comedia muy gore y desagradable que alcanzaría su máxima cota con la posterior “Braindead”) y en cambio Raimi quiso fusionar en una sola película comedia y horror haciendo convivir ambos sentimientos en las escenas más sórdidas de su película.
Cuando John Landis dirigió la estupenda “Un hombre lobo americano en Londres” nunca cometió el atrevimiento de querer juntar en una misma escena comedia y horror, y hasta la fecha, es el mejor y más efectivo ejemplo de comedia terrorífica que existe. Landis hizo que ambos géneros convivieran alternando los momentos cómicos con los terroríficos pero nunca mezclándolos, de tal manera que el espectador recibía un susto que posteriormente era seguido de un chiste o se reía a mandíbula batiente para en la secuencia siguiente encogerse en la butaca mientras le castañeteaban los dientes.

Después de dejar atrás aquel cine de bajo presupuesto y convertirse en el responsable de una franquicia multimillonaria como Spiderman, Raimi ha vuelto a él como si sintiera nostalgia o pensara que le debe algo al público que le descubrió. Y no lo ha hecho al estilo de las secuelas (mucho más abiertamente cómicas, especialmente “El ejercito de las tinieblas”) de su “Evil dead”, sino repitiendo el mismo patrón de aquella pero con unos FX más elaborados.
El resultado es el de una película que parece haber surgido directamente de los ochenta, pero arrastrando más carencias que virtudes. La misma fórmula que pudo sorprender y crear una legión de admiradores en aquella década ya no sorprende ni anima a nadie a ponerse detrás de una cámara. Mas bien al contrario, parecen poner de manifiesto que, como tantas otras veces, a la sombra de la supuesta “frescura” de una opera prima no hay sino una escasez de talento o, cuando menos, una sequía. Algo similar a lo que le ocurre a Kevin Smith, que es incapaz de superar (o de igualar, al menos) su “Clerks” y por lo visto también a Raimi, quien tras su apreciable “Darkman” no ha hecho sino dar palos de ciego con ese espectáculo infográfico que es la saga de Spiderman. En realidad, y si echamos un rápido vistazo a su filmografía, tendremos que concluir con que el único film realmente bueno que ha dirigido este hombre después de su debut es precisamente la única película de carácter no fantástico que ha dirigido; “Un plan sencillo”.

“Arrástrame al infierno” explica la historia de una joven quien, llevada por la sana ambición de querer prosperar en su empresa (una entidad bancaria), niega un préstamo a una ancianita siguiendo los criterios y el consejo de su jefe de departamento. Esto conllevará que la anciana acabe por echar un mal de ojo a la empleada, momento a partir del cual la vida de la chica se convertirá en un auténtico infierno en el que no faltarán numerosos momentos desagradables a la par que cómicos, muchos de ellos relacionados con contactos nauseabundos con un cadáver (por no especificar más).
Lamentablemente, el desenlace de toda la historia se muestra demasiado claro poco después de la mitad del film y, como explicaba en la larga introducción anterior, la combinación de horror y comedia no funciona como se pretende. Como si una y otra fueran fuerzas iguales pero de signo contrario, el resultado final es “0”, o lo que es lo mismo, una nula capacidad por provocar sensación alguna en el espectador que es incapaz de saber cómo debe afrontar lo que está viendo.

No obstante, que quede claro que no pretendo disuadir a nadie de ir a ver “Arrástrame al infierno”. Si lo que se está buscando es pasar un rato más o menos divertido con una trama sencilla y algún que otro momento impactante (fundamentalmente los ataques de la maldición en forma de apariciones, poltergeist y situaciones nauseabundas con la viejecita que la lanzó) que no se lo piense. Estamos ante una película de verano (aunque en Estados Unidos se estrenara hace ya algunos meses) para desconectar y dejarnos llevar.
Ante lo que no estamos es frente al regreso del Sam Raimi de antaño que nunca volverá. Porque aquel tenía que agudizar su ingenio para tratar de explicar una historia fantástica con la ayuda de cuatro amigos y un equipo de segunda regional. El Sam Raimi de “Arrástrame al infierno” es el mismo que el de “Spiderman”, que maneja millones de dólares y que ahora, cuando tiene algún problema para plasmar en imágenes lo que le pasa por la cabeza, tan solo tiene que recurrir a un experto equipo de efectos especiales para que le resuelva la papeleta.

lunes, abril 27, 2009

ESPECIAL; el título perfecto tanto para la película como para su público



Este fin de semana tuve ocasión de ver una película cuyo trailer encontré por causalidad en un DVD de hace un par de años. Que yo sepa, la película no llegó a estrenarse en nuestro país y, entre la falta de publicidad y el tiempo pasado, olvidé que existía y que aquel trailer me había llamado mucho la atención.
Como en una especie de flashback, hace un par de semanas me topé con la película casualmente en una tienda de DVDs y aquel trailer volvió a mi mente. Tenía que verla.

En pleno auge de las adaptaciones a la gran pantalla de los cómics de superhéroes, vio la luz un film pequeño e independiente que, al rebufo de la tendencia, construía una historia sencilla pero eficaz sobre un triste perdedor que se cree imbuido de superpoderes gracias a su participación en la prueba de unas pastillas para una industria farmacéutica. El título de una película nunca se ha ajustado tan bien a sus características: Especial
El protagonista del film es un joven, interpretado por Michael Rapaport, que tiene mucho más del William H. Macy de “Edmond” que de ningún superhéroe que hayamos visto recientemente en el cine. Ni siquiera con aquellos cuya aproximación al género se hacía desde una postura crítica, caso de “El protegido” o de la más reciente “Hancock”.

“Especial”, además del título el film es también el nombre comercial que el laboratorio farmacéutico quiere darle al medicamento que prueba el protagonista. Los efectos concretos que ese medicamento debería producir en las personas apenas son definidos en la película, y cuando se refieren a ellos únicamente se habla de un bienestar o de sentirse mejor, sin embargo el protagonista, presa de la mediocridad que envuelve su vida, interpreta esos efectos de forma exagerada hasta el punto de creer que, realmente, las pastillas “Special” le han hecho especial.

El desarrollo del film, con las limitaciones que puede tener una producción de estas características, es el de una típica película de superhéroes. El héroe descubre que tiene poderes, decide enfocarse hacia la lucha contra el crimen, viste un traje de superhéroe con el que se enfrenta a varios criminales, crea incertidumbre entre la gente y sentimientos de rechazo entre la policía al comerles el terreno, encuentra a su archienemigo que pretende acabar con sus poderes y, finalmente, en una lucha cruenta, vence al mal.
El único problema, y que es el que convierte a esta película en algo especial (nunca mejor dicho), es que el héroe no es más que un vigilante de aparcamientos (interesante paralelismo con el personaje que interpretaba Bruce Willis en “El protegido”, vigilante en un estadio deportivo), que en realidad no tiene superpoderes sino el cerebro perturbado por los efectos de un fármaco de dudosa calidad, que el traje se lo ha hecho él mismo y es tan ridículo que incluso sus amigos frikis de la tienda de cómics (otro paralelismo con “El protegido”) se ríen de él, que los criminales a los que ataca puede que tan solo sean ciudadanos que miran con curiosidad la caja registradora de una tienda, que la policía no teme por sus puestos de trabajo sino por las denuncias que comienzan a haber a propósito de este Don Quijote (nadie ha visto nunca más “molinos” juntos que el protagonista de esta película), y que sus supuestos archienemigos (a los que se refiere como “los trajeados”) no son otros que los creadores de las pastillas de las que tanto depende para mantener sus poderes.

A pesar de las escasez de medios, la película se aguanta bien tanto en las escenas en las que hay que tirar de efectos especiales (levitaciones, paredes que se atraviesan, invisibilidad,…) como en las peleas o secuencias de acción. Sin embargo, la textura de la imagen, los encuadres, la iluminación y hasta los movimientos de cámara acusan esta falta de gran presupuesto que, como en otras producciones de género fantástico (“La matanza de Texas”, “Posesión infernal”,…) acaban jugando a su favor, ya que hacen de la película un relato mucho más íntimo y cercano para el espectador, lo cuál contribuye, como ya comentaba al principio a hacer de este film algo mucho más próximo a la cruda Edmond que a una película de superhéroes.
Este enfoque hace que la película funcione a dos niveles, por un lado como una comedia esperpéntica (con momentos realmente de un patetismo desternillante) y por otro como un drama igualmente patético, que se nutre del buen hacer de su protagonista. Entre sus momentos más destacables señalaría el de la primera conversación telepática con su doctor y el de la demostración de los poderes en la tienda de cómics, ambos realmente divertidos, así como la pelea con los “trajeados”, tan violenta como triste en su desenlace.

En definitiva, una rareza digna de, como mínimo, un visionado por parte de todos los aficionados a las películas de superhéroes, de los cómics, de la comedia, del drama, del cine independiente… de todo el mundo.

martes, febrero 05, 2008

MALA TELEVISIÓN, TELEVISIÓN MALA


Cuando apareció la televisión, el cine sufrió una auténtica crisis. Ahora, con los sistemas de cine en casa, las grandes salas vuelven a notar el azote de las pequeñas pantallas. Quizá por eso los aparatos de televisión siempre son, en las películas de terror, un objeto peligroso e inquietante y, muchas veces, el encargado de propagar el mal o, directamente, su fuente.
El televisor, como aparato receptor de ondas, ha sido utilizado en varias ocasiones como mecanismo con el conectar con el más allá, por ejemplo. Pero también ha habido películas que han utilizado a la televisión como aparato en el que mostrar los más descabellados y atroces programas, en lo que podría ser una anticipación del devenir de nuestra parrilla televisiva. Si hace diez o quince años era extraño ver a gente golpeándose o insultándose en un plató, hoy es algo bastante común, por ejemplo. Tampoco nos son ajenos los programas concurso donde, de alguna manera, se humilla o se agrede al concursante, aunque sea sin causarle daños físicos. ¿Quién dice que esta escalada no nos llevará a ver, en un futuro no muy lejano, programas y concursos aún más duros y violentos?
Por lo pronto, y en este sentido, podemos recordar la película "Rollerball", que hace unos años tuvo su propio y triste remake, y que ya nos mostraba el éxito que podía tener la exhibición de una competición deportiva en nuestras pantallas. Especialmente si había una buena dosis de violencia en ella. También podríamos recordar los cortes que Paul Verhoeven introdujo en Robocop o en Starship Troopers, donde la televisión estaba inundada de violencia, desde los anuncios publicitarios hasta las noticias y el resto de la programación. En esta misma línea, Arnold Schwarzenegger protagonizó a finales de los 80 Perseguido, adaptación más o menos libre de un relato de Stephen King, en el que un concurso de televisión da la posibilidad a algunos reclusos seleccionados de recuperar su libertad a cambio de participar en él. Todo muy progresista, de no ser porque en dicho concurso deberán huir de sádicos armados con sierras mecánicas, lanzallamas y demás instrumental homicida mientras el público aplaude y apuesta para saber cuál de esos asesinos acabará antes con el concursante.
Esta misma vertiente de los programas concurso sádicos fue aprovechad también, aunque en tono de comedia, en la película "Permanezca en sintonía" con John ritter de protagonista.
En un tono más perverso (y pervertido) David Cronenberg nos mostró la capacidad de hipnosis que puede tener la violencia contemplada en una pantalla de televisión en su clásico Videodrome. En esta ocasión, será un productor de televisión el que sintonizará de forma accidental con una extraña emisión en la que se exhiben toda clase de atrocidades a las que queda enganchado como espectador, hasta el punto de acabar formando parte de la emisión (y del emisor) en lo que es una de las mayores muestras de la corriente artística denominada como “nueva carne”. Para el recuerdo, algunas de las inquietantes y desagradables secuencias de la película como aquella en la que el protagonista, James Woods, pierde una pistola dentro de su propio cuerpo o, aquella otra, en la que unos labios voluptuosos y sensuales “se salen” de la pantalla del televisor incitándole a seguir mirando.
Sin embargo, y como ya he dicho al principio, son las posibilidades de contactar con el más allá las que más se han explotado en el cine con respecto a los aparatos de televisión.
Sin lugar a dudas el mayor y más famoso ejemplo en este sentido es Poltergeist. La familia de la película desconocía que habían construido su casa sobre un cementerio pero, lo que nunca hubiera podido imaginar, era que los espíritus de los cadáveres allí enterrados, se pondrían en contacto con su hija pequeña a través del televisor. La frase “Ya están aquí” pronunciada por la pequeña Caroline, mientras mira la nieve de la pantalla del televisor, es todo un mito gracias a este film.
Esta misma idea se utilizó, con no tanto acierto, en la película White noise donde un Michael Keaton en horas bajas trataba de comunicarse con los espíritus haciendo servir precisamente esta nieve que envían los televisores cuando no tienen ningún canal sintonizado correctamente. Gracias a la película algunos nos enteramos de que existe toda una técnica desarrollada en parapsicología para contactar con el más allá haciendo servir precisamente televisores y radios.

Sin embargo, si ya es de por si terrorífico pensar que la programación que veremos en televisión dentro de unos años puede ser realmente atroz, y aún más espeluznante imaginar que nuestros aparatos pueden servir de antena de comunicación con espectros y fantasmas, ¿cómo calificaríamos la posibilidad de que algo o alguien pueda, surgir de nuestra pantalla, como si de una ventana se tratara, para matarnos?
Esta pavorosa idea tomó forma de mujer de largos cabellos negros en The ring. Sin embargo no es una idea inventada por el director japonés de dicha película. El concepto de criaturas que, directamente, emergen desde nuestro televisor para matarnos como si se tratara de un portal dimensional, ya se utilizó por ejemplo en Demons 2.
En aquel film, de visionado curioso aunque prescindible, los inquilinos de un edificio son asaltados por una especie de zombies (los Demons del título) que han invadido el inmueble después de que alguien sintonizara en su televisión una película (absurdamente, ni más ni menos que la primera parte de Demons).
No podemos pues, quitarle el mérito a The ring de ser la primera película (y la única que yo sepa) donde tan estremecedor efecto se ha utilizado con ingenio y al servicio de un film de terror con cara y ojos.

Además de todas las mencionadas, podríamos citar otras películas donde la televisión ha estado igualmente ligada al terror, la violencia o lo sobrenatural aunque de forma un tanto más indirecta (The game, Carretera perdida, Tesis, Habitación sin salida, 15 minutos o incluso REC). Pese a ello, el cine continúa perdiendo espectadores y los equipos de cine en casa aumentan sus ventas.

PD: continúa leyendo nuestra novela-blog. Recuerda que lo que tu sugieras puede alterar el cursod e la historia.