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miércoles, octubre 14, 2009

SOLOMON KANE; El otro gran héroe de Robert E. Howard


A Robert E. Howard le debemos uno de los personajes más icónicos del cómic y, por ende, el poder disfrutar de la maravillosa adaptación al cine que escribió Oliver Stone y dirigió John Millius con Arnold Schwarzenegger de protagonista. Sí, me estoy refiriendo a “Conan, el bárbaro”.
Pero el mundo de Robert E. Howard no acababa en el guerrero cimerio sino que, a su sombra, vivieron y crecieron también otros héroes y personajes legendarios que hoy, gracias a la sequía creativa del Hollywood más comercial, ven la luz en el cine al haberse convertido el cómic en una de sus principales fuentes de hacer dinero.

El personaje de Solomon Kane vio por primera vez la luz en las páginas de la revista Weird Tales (la misma en la que publicó muchos de sus cuentos el maestro de Providence H.P. Lovecraft, por ejemplo) en 1928. Desde entonces ha visto algunas reediciones por todo el mundo pero nunca antes había sido llevado a la gran pantalla. El encargado de hacerlo ha sido Michael J. Bassett, responsable de la interesante “Deathwatch”, híbrido de cine fantástico y bélico que también pasó en su día por el Festival de Sitges.
Solomon Kane es, centrándonos únicamente en la película, un guerrero que capitanea a un grupo de hombres en asaltos a ciudades y otras aventuras en busca de tesoros, sin importarle si quienes los guardan son gente de bien o espantosos hechiceros. Un día descubre que sus acciones le están abocando al infierno y, decidido a redimirse, abandona esa vida y se recluye en un monasterio. No obstante, los clérigos, siguiendo los designios del Señor, optan por expulsarle de allí para situar a Solomon Kane en una encrucijada moral en la que decidirá poner sus habilidades al servicio del bien.

El resultado es el de una película de aventuras al estilo sword and sorcery muy vistosa pese a su bajo presupuesto. No aparecen en ella grandes estrellas aunque sí tienen pequeños papeles los veteranos intérpretes Pete Postlethwaite y Max Von Sydow. Tampoco hay un gran despliegue de infografía, al contrario, ésta se encuentra muy repartida en el principio y el final del film dejando toda una parte central en la que la acción recae única y exclusivamente en las peleas y combates que el protagonista establece contra la siniestra horda que ha invadido el mundo.
Aunque la historia de Solomon Kane se sitúa en un período posterior, toda la ambientación nos remite a una edad media en la que ya conviven el acero y la primeras armas de fuego. Esto añade un grado adicional de imaginación a los combates en los que Solomon Kane interviene, siempre muy físicos y sin escatimar en brutalidad para mantener al espectador constantemente pendiente del cuestionable pasado de Solomon.
El film se beneficia además de una ambientación fría y gris al desarrollarse toda la historia en parajes helados donde nieva constantemente. Ruinas, aldeas y castillos parecen haber sido abandonados hace tiempo en un enorme yermo donde hace tiempo que la luz desapareció. Sin necesidad de recurrir a sortilegios ni a entradillas con texto en sobreimpresión, la atmósfera creada por los responsables del film es suficiente para hacernos entender que son tiempos muy oscuros.

Solomon Kane no pasará a la historia de las películas de aventuras en un puesto destacado pero se le deben reconocer al menos una apuesta sincera por una forma de hacer cine que huye del efectismo que impregna todos los productos de este estilo que nos llegan desde Hollywood desde El señor de los anillos. Además puede presumir de tener al menos un par de secuencias de gran intensidad como son la de la crucifixión y la que se desarrolla en la iglesia con aquél sótano lleno de criaturas.
Ni “Dungeons and dragons”, ni “Eragon” ni “Dragonheart”, etc,… consiguen con sus grandes presupuestos la mitad de lo que logra Solomon Kane con el suyo.
Y eso que tampoco es gran cosa.

lunes, julio 27, 2009

THE DEATH NOTE; o como matar de un plumazo


Uno no es que sea muy aficionado a los cómics en general ni a los mangas en particular, pero me gusta una buena historia, independientemente del formato en el que se me ofrezca.
Probablemente influenciado por las muchas series de anime que se pasaban en televisión cuando era más joven, es probable que mi idea general sobre los manga esté un tanto pervertida y, tal vez por eso, rechazo en muchas ocasiones acercarme a ellos porque no me apetece demasiado leer sobre jovencitos escolares enamoradizos, guerreros con superpoderes sin límite o cosas por el estilo.
Sí, un cliché, sin duda. Lo admito.
De hecho, cuando me aproximo a algo surgido de un manga es por recomendación ajena (gracias, Dude) o sencillamente por desconocimiento (cuando vi “Crows” no sabía que procedía de un cómic).
Por eso, el que una película como “The death note” me haya causado una buena impresión, me ha hecho pensar en cuantas historias buenas no estaré dejando pasar tan solo por tener una idea equivocada sobre qué se cuece en el mundo nipón de las viñetas. Prometo enmendarme. De hecho, ahora estoy leyendo “20th century boys” (gracias, señorita Milton) y me está resultando de lo más interesante.
Y digo que me ha causado una buena impresión siendo totalmente consciente de las muchas carencias del film pues, analizándolo cuidadosamente, no tardas en darte cuenta de que cinematográficamente se trata de una producción bastante pobre que se aguanta, fundamentalmente, gracias a la originalidad de su propuesta.

Pero vayamos a la película, o mejor dicho, las películas. Y es que la adaptación de “The death note” se articula como un díptico en el que, durante cerca de cuatro horas, se nos narra el ascenso y la caída de un ambiguo personaje, Kira, creación de un joven de instituto en cuyas manos cae la “death note” que da título al film.
Este objeto (mágico por supuesto) es una libreta que está vinculada a una especie de demonio llamado “shinigami” y que tiene el poder de matar a cualquiera cuyo nombre sea escrito en ella.
Si en la adaptación de Spiderman a la gran pantalla por parte de Sam Raimi se nos decía aquello de que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, dicha frase se ajustaría como un guante al tema de fondo de esta película.

Un día como cualquier otro, un jovencito angustiado por el aumento de la delincuencia en su ciudad, recoge del suelo una libreta que parece haber caído del cielo. La libreta está en blanco pero contiene una serie de puntos que explican para qué sirve. El muchacho, apenas conoce que tan solo necesita escribir un nombre en una de sus hojas para que dicha persona muera, decide utilizar dicho poder para hacer la justicia que La Justicia no hace. Me explico: Kira se dedica a matar a todos aquellos delincuentes especialmente brutales que consiguen eludir su castigo gracias a los resquicios legales.
Por supuesto, este poder se le irá yendo progresivamente de las manos y acabará utilizándolo contra personas que probablemente no se lo merecían o haciendo matanzas indiscriminadas de personas que, sencillamente, se oponen a su forma de impartir justicia.
En el otro lado del ring encontraríamos a un siniestro personaje, “L”, un muchacho inteligentísimo que tiene que estar constantemente comiendo dulce para alimentar a su hipertrofiado cerebro. “L”, se convertirá en el principal enemigo de Kira al ofrecer su talento y su inteligencia a la policía en la búsqueda y captura del misterioso asesino.

La principal baza de la producción recae, como ya os podéis imaginar, en la historia. Sus giros y trampas (sobretodo en la segunda parte) convierten su premisa argumental (un tanto grotesca, tampoco nos engañemos) en un carrusel de sorpresas en el que no faltan además momentos de tensión, intriga y hasta humor (casi todos ellos gracias a las intervenciones del shinigami).
Lamentablemente, la capacidad de sus responsables para condensar la historia en una película no es lo bastante alta y, las más de dos horas de la segunda parte pesan como una losa, especialmente los últimos veinte minutos cuando ya está resuelto todo el pastel.
Los efectos especiales tampoco son una de sus mejores bazas. Tanto los efectos de transparencias y fundidos del montaje como las propias criaturas (CGI) que aparecen en el film resultan demasiado caseras… televisivas, al menos. Digamos, por entendernos, que el conjunto no desmerecería de un episodio especial de “Xena, la princesa guerrera”.

Tampoco destacan excesivamente las interpretaciones de sus protagonistas. Si bien hacen un trabajo correcto, el muchacho que interpreta a Kira aprovecha demasiado su rictus circunspecto con la excusa de que está ocultando una segunda identidad a sus padres y compañeros pero, al final, da la sensación de que carece de muchos más recursos interpretativos. Algo parecido ocurre con “L” quien, una vez entendemos que se trata de una especie de friki superdotado, abusa excesivamente del careto con ojos abiertos de par en par para tratar de transmitir esa frialdad inteligente que le ha hecho famoso.

No obstante y, a pesar de estos incovenientes, “The death note” cuenta una historia interesante con dilema moral incluído que invita, cuando menos, a echarle un ojo al material de partida.

lunes, abril 27, 2009

ESPECIAL; el título perfecto tanto para la película como para su público



Este fin de semana tuve ocasión de ver una película cuyo trailer encontré por causalidad en un DVD de hace un par de años. Que yo sepa, la película no llegó a estrenarse en nuestro país y, entre la falta de publicidad y el tiempo pasado, olvidé que existía y que aquel trailer me había llamado mucho la atención.
Como en una especie de flashback, hace un par de semanas me topé con la película casualmente en una tienda de DVDs y aquel trailer volvió a mi mente. Tenía que verla.

En pleno auge de las adaptaciones a la gran pantalla de los cómics de superhéroes, vio la luz un film pequeño e independiente que, al rebufo de la tendencia, construía una historia sencilla pero eficaz sobre un triste perdedor que se cree imbuido de superpoderes gracias a su participación en la prueba de unas pastillas para una industria farmacéutica. El título de una película nunca se ha ajustado tan bien a sus características: Especial
El protagonista del film es un joven, interpretado por Michael Rapaport, que tiene mucho más del William H. Macy de “Edmond” que de ningún superhéroe que hayamos visto recientemente en el cine. Ni siquiera con aquellos cuya aproximación al género se hacía desde una postura crítica, caso de “El protegido” o de la más reciente “Hancock”.

“Especial”, además del título el film es también el nombre comercial que el laboratorio farmacéutico quiere darle al medicamento que prueba el protagonista. Los efectos concretos que ese medicamento debería producir en las personas apenas son definidos en la película, y cuando se refieren a ellos únicamente se habla de un bienestar o de sentirse mejor, sin embargo el protagonista, presa de la mediocridad que envuelve su vida, interpreta esos efectos de forma exagerada hasta el punto de creer que, realmente, las pastillas “Special” le han hecho especial.

El desarrollo del film, con las limitaciones que puede tener una producción de estas características, es el de una típica película de superhéroes. El héroe descubre que tiene poderes, decide enfocarse hacia la lucha contra el crimen, viste un traje de superhéroe con el que se enfrenta a varios criminales, crea incertidumbre entre la gente y sentimientos de rechazo entre la policía al comerles el terreno, encuentra a su archienemigo que pretende acabar con sus poderes y, finalmente, en una lucha cruenta, vence al mal.
El único problema, y que es el que convierte a esta película en algo especial (nunca mejor dicho), es que el héroe no es más que un vigilante de aparcamientos (interesante paralelismo con el personaje que interpretaba Bruce Willis en “El protegido”, vigilante en un estadio deportivo), que en realidad no tiene superpoderes sino el cerebro perturbado por los efectos de un fármaco de dudosa calidad, que el traje se lo ha hecho él mismo y es tan ridículo que incluso sus amigos frikis de la tienda de cómics (otro paralelismo con “El protegido”) se ríen de él, que los criminales a los que ataca puede que tan solo sean ciudadanos que miran con curiosidad la caja registradora de una tienda, que la policía no teme por sus puestos de trabajo sino por las denuncias que comienzan a haber a propósito de este Don Quijote (nadie ha visto nunca más “molinos” juntos que el protagonista de esta película), y que sus supuestos archienemigos (a los que se refiere como “los trajeados”) no son otros que los creadores de las pastillas de las que tanto depende para mantener sus poderes.

A pesar de las escasez de medios, la película se aguanta bien tanto en las escenas en las que hay que tirar de efectos especiales (levitaciones, paredes que se atraviesan, invisibilidad,…) como en las peleas o secuencias de acción. Sin embargo, la textura de la imagen, los encuadres, la iluminación y hasta los movimientos de cámara acusan esta falta de gran presupuesto que, como en otras producciones de género fantástico (“La matanza de Texas”, “Posesión infernal”,…) acaban jugando a su favor, ya que hacen de la película un relato mucho más íntimo y cercano para el espectador, lo cuál contribuye, como ya comentaba al principio a hacer de este film algo mucho más próximo a la cruda Edmond que a una película de superhéroes.
Este enfoque hace que la película funcione a dos niveles, por un lado como una comedia esperpéntica (con momentos realmente de un patetismo desternillante) y por otro como un drama igualmente patético, que se nutre del buen hacer de su protagonista. Entre sus momentos más destacables señalaría el de la primera conversación telepática con su doctor y el de la demostración de los poderes en la tienda de cómics, ambos realmente divertidos, así como la pelea con los “trajeados”, tan violenta como triste en su desenlace.

En definitiva, una rareza digna de, como mínimo, un visionado por parte de todos los aficionados a las películas de superhéroes, de los cómics, de la comedia, del drama, del cine independiente… de todo el mundo.

domingo, abril 05, 2009

DRAGONBALL EVOLUTION; ¿seguro que no la ha dirigido Uwe Boll?


Cuando hace ya bastantes años se estrenó “Dragones y Mazmorras” me sentí profundamente decepcionado. No en vano considero dicha película la peor que he visto en toda mi vida y eso, a sabiendas de que las he visto peores. ¿Por qué? Por la profunda decepción que me supuso que lo que podría haber dado para una auténtica saga de películas de aventuras acabara yéndose por el sumidero en un fiasco absoluto del que prefiero ni acordarme.
Pero es que en aquel entonces yo no conocía tanto sobre el negocio del cine como se ahora. Por eso, ya sabía que esperarme de esta adaptación del manga de Akira Toriyma llamado “Dragoball Evolution”.
Desde que comenzaron a oírse rumores de trasladar a la pantalla las aventuras de SonGoku y sus amigos empecé a interesarme por localizar información, a lo cual contribuyeron otros amigos más fanáticos que me fueron teniendo al día sobre selección de actores, primeras imágenes promocionales y teaser-trailers. No hizo falta demasiado material para convencerme a mi mismo de que el film que resultaría de todo aquello poco o nada tendría que ver con la serie de Toriyama y sí mucho con una estrategia comercial Hollywood style para conseguir muchos dólares con una inversión mínima.
Como decía la histérica de “Granjero busca esposa”: ¿Qué pasa, que no lo entiendes? ¡Te lo voy a explicar!
Se coge un producto afianzado en el mercado y que mueva por si solo a millones de fans en todo el mundo. Es lo que llamamos una franquicia y puede ser un videojuego como “Resident Evil” o unas novelas de éxito como la saga “Crepúsculo”, por decir algo. Eso ya lo tenemos, los cómics manga de "Dragonball". Ahora cogemos a un puñado de actores jóvenes y desconocidos para los papeles principales a los que prácticamente no hay ni que pagarles, basta con decirles que son jóvenes promesas y que de aquí al estrellato. De momento nos hemos gastado algo de dinero en comprar los derechos del cómic pero nos hemos ahorrado una pasta gansa con el reparto. No obstante queremos que en el póster hay algún nombre que a la gente le suene. Para dar algo de solera al reparto incluimos en él a uno o dos actores veteranos que aporten alguna cara conocida que ayude a que los más desvinculados con la temática puedan verse interesados en pagar su entrada. Aquí es donde entra Chow Yun Fat. Añadimos unos cuantos efectos digitales de segunda B y los juntamos todos en un trailer para que parezca que en realidad todo serán explosiones, rallos, acción y persecuciones. Gracias a la tecnología digital ahora no es difícil llenar una película de efectos sin tener que rascarse mucho el bolsillo. ¡Y ya lo tenemos! Empaquetado y listo para venderse.
¿Qué pasa con la fidelidad a la historia? ¿Qué pasa con el compromiso de realizar una película que contente a los fans? Pues muy fácil; estamos seguros de que millones de personas irán a verla porque el producto que hemos fabricado se llama “Dragonball” (por la misma razón por la que miles de personas fueron a ver “Alatriste” o yo vi “Alone in the dark”), así que ¿por qué darles la película que esperan ver si la entrada ya nos la han comprado por el mero hecho de haber adquirido los derechos del cómic? Lo que a nosotros nos interesa (nosotros = productores de Hollywood) es que además de todos esos frikis incómodos, vayan al cine otras personas que pasan del cómic de Dragonball pero les gustan las películas de artes marciales, o les gustan los efectos especiales, o lo guapo que es el actor que hace de Goku, o lo buena que está la chica que hace de Bulma,… ¿lo entiendes ahora? El cómic no nos importa y las esperanzas que tú tuvieras puestas en la adaptación tampoco. Sólo nos interesa tu dinero. Dánoslo si es que no nos lo has dado ya.

Ignoro si se podría haber llegado a hacer una buena película con el material de base pero estoy seguro de que se podría haberse hecho algo bastante mejor. El problema, como ya he explicado arriba, es que no había interés alguno. Es la diferencia entre darle las riendas a un director como Zack Snyder, por ejemplo, o cumplir con la papeleta con el primer papanatas asalariado del estudio. Es la diferencia entre tomarse en serio una historia o querer hacer caja y nada más. Si fuiste a ver “Eragon” y te gustaron los libros supongo que ya sabes de qué te hablo.
Más allá de que nos gusten o no las peripecias de Goku en la serie de televisión o en el manga original, lo que es inapelable es que todas esas aventuras suceden en un mundo increíblemente rico visualmente; un planeta tierra alternativo en el que conviven pasado y futuro y en el que la tecnología ha llegado a metas en las que resulta difícil distinguirla de la magia. En el mundo de Dragonball no es extraño huir en una mininave espacial porque te persigue un dinosaurio, o asistir a un combate de artes marciales entre un humano troglodita y una bestia alada de cuatro brazos. Todo es posible.
En la película “Dragonball Evolution” no hay absolutamente nada de esto. El mundo en el que se desarrolla la historia es el mismo que conocemos tú y yo y, el único parecido que tienen sus personajes con los de la serie es que se llaman igual. La inocencia de Goku brilla por su ausencia, la frivolidad de Bulma también. El uno está loco por meterle mano a Chichi cuando en el cómic ni siquiera sabía lo que era una mujer y la otra pretende pedirle al Dragón Sheron no se qué narices para el bien de la humanidad en lugar de un novio, como era en el original. Yamsha es un ladronzuelo torpón y payasesco en lugar de un hábil luchador y el maestro Mutenroshi parece un híbrido entre Obi Wan Kenobi y Pat Morita en Karate Kid en lugar de un viejo verde maestro de las artes marciales. Aunque en defensa de este último debo admitir que es el único personaje que al menos conserva un rasgo destacable del original (su afición por las mujeres).
De los enemigos no vale la pena casi ni hablar. Apenas tienen un papel y en ningún momento se les percibe como una amenaza. Son totalmente inocuos y su final está tan claro que ni la transformación de Goku (curiosamente injustificada para todos los que no conozcan el cómic e incluso para éstos, pues los motivos del cambio se los han sacado de la manga) nos hace pensar que los héroes corren peligro alguno. Y ya para terminar la aparición del dragón que es de vergüenza ajena y hace quedar a un bodrio como “Dragon Wars” como un prodigio de efectos especiales a su lado.

Creo que después de todo lo expuesto queda claro que si eres un fan de "Bola de Dragón" no te recomiendo en absoluto que vayas a ver esta película. Más aún, si no eres fan del cómic pero te gusta el cine de acción, las películas de artes marciales, o el cine de aventuras, tampoco te recomiendo que vayas. ¿En qué caso te recomiendo que gastes tu dinero y tu tiempo en ir a ver este engendro? En el de que tengas ganas de desquitarte luego escribiendo una crítica furibunda sobre la película. No puede haber ninguna otra razón para aguantar semejante despropósito.

domingo, marzo 08, 2009

WATCHMEN; Superhéroes sin glamour



Charlando con un compañero de trabajo acerca del look de “Watchmen” después de haber visto el trailer, ambos coincidimos en que era realmente atractivo pero, al mismo tiempo, que tenía algo raro. Aunque, en efecto, por lo que el trailer enseñaba parecía que estábamos ante una película de superhéroes, también quedaba claro que no era una película de superhéroes cualquiera. Huelga decir que ninguno de los dos habíamos leído el cómic ni sabíamos prácticamente nada sobre la historia que en él se cuenta.
Después de haber visto las dos horas y media de alucinantes y, en ocasiones hasta hipnóticas imágenes, que dura dicho film, puedo certificar que se trata, sin lugar a dudas, de la película sobre superhéroes más peculiar y personal que se ha rodado hasta la fecha. Su especial estilo narrativo, sus personajes y la historia en si, no admiten comparación con ninguna película del género que se haya estrenado en cine o en dvd. Sencillamente "Watchmen" es… distinta.
Esta peculiaridad, o rareza si lo prefieren, le valdrá un buen puñado de críticas (en el sentido negativo de la palabra) y probablemente una corta carrera comercial en nuestros cines pero, a pesar de ello, conseguirá convertirse en una película de culto que, a buen seguro, la situará finalmente entre los mejores ejemplos de traslación de unas viñetas al celuloide. Lo cual no es nuevo para su director, Zack Snyder, pues ya hizo lo propio con la obra gráfica de Frank Miller, “300”.

"Watchmen" se sitúa en un pasado alternativo que se bifurca de la realidad que conocemos aproximadamente en los años treinta. Es entonces cuando, fruto de un aumento de la criminalidad y de la violencia de esos delincuentes, un grupo de policías decide combatir el fuego con el fuego, usando la misma (o más) violencia que los infractores de la ley al amparo de unos disfraces que les convierten en algo parecido a lo que hoy conocemos como superhéroes.
¿Pero lo son realmente? ¿Pueden hacer honor a ese título personajes que no dudan en asesinar a esos delincuentes en lugar de detenerlos? ¿Pueden presentarse orgullosos ante el público y los medios de comunicación quiénes hacen de la tortura la mejor manera de conseguir una pista? ¿Podemos respetar y admirar a una gente que, en pos de hacer (su) justicia acaban provocando el caos y una destrucción sin precedentes?
Los superhéroes de Watchmen carecen de glamour. No son atractivos, ni su comportamiento es admirable. Su ética es más que cuestionable y las relaciones que se establecen entre ellos mismos, en principio miembros de un mismo grupo, están llenas de tiranteces, infidelidades y encontronazos. En realidad, algunos de los superhéroes de Watchmen no son sino supervillanos a los que una sociedad decadente y corrupta ha acabado por convertir en el mejor ejemplo de la justicia, en lo que no es sino una ironía del destino, una broma de mal gusto como bien sabe "El comediante", uno de los integrantes mas deleznables del grupo, que siempre luce en la solapa una chapa con una carita sonriente (un acid).

En el pasado alternativo de "Watchmen", los Estados Unidos han vencido en la guerra de Vietnam, Nixon ha sido reelegido tres veces presidente del país y la guerra fría con Rusia (con Cuba como aliada) está en su punto más álgido, con desplazamiento de tropas a las fronteras y misiles nucleares a punto de ser disparados. En este mundo caótico y paranoico un accidente tecnológico ha provocado la muerte y el renacer de un superhombre, que ha sido rebautizado como Dr. Manhattan y, cuyo advenimiento, es en gran medida el responsable del cambio en el curso de la historia tal y como la conocemos. Este ser, que maneja el tiempo (puede ver el futuro y el pasado) y el espacio (puede teletransportar personas, objetos o a si mismo a cualquier rincón del universo), que modifica la materia a voluntad y que además goza de una inteligencia privilegiada, es utilizado por el gobierno como un arma.
En lo que podría interpretarse como una parodia de acontecimientos mucho más recientes, este arma estadounidense acabará por provocar una gran masacre en territorio propio y, con ella, el nacimiento de una nueva era para el país y para el mundo.

Las lecturas de “Watchmen” tanto a nivel político como social son numerosas y cada espectador tendrá su propia opinión sobre lo que subyace bajo el espectáculo que nos sirve su responsable. Cualquier comentario a la salida del cine es posible después de verla salvo... “ha estado entretenida”.
"Watchmen" no es "300", ni Batman, ni nada por el estilo. Las dos horas y media de película pesan y el ritmo no está lo bastante ajustado como para que no haya momentos de cierto tedio. Si a ello le suamamos el concepto de “multiprotagonista” que ralentiza aún más la progresión de la historia en beneficio de ahondar en el historial de cada uno de los personajes (auténtica razón de ser del film), tenemos ante nosotros un film de difícil visionado, que acabará rápidamente con las expectativas de quiénes andaran buscando un simple espectáculo pirotécnico a lo "Transformers". Fans de "Hulk" y de "Spiderman", ahorráos vuestro dinero.

En el apartado técnico destacan los ticks de Snyder que comienzan a ser ya marca de fábrica; violencia exacerbada con mutilaciones incluídas en primer plano, salpicaduras y chorros de sangre, miembros humanos fuera de sitio, secuencias de lucha y acción montadas en una alternancia de cámaras lentas y rápidas, unas gotitas de sexo más o menos explícito,…

La conclusión que he extraído ante todo lo visto se resume en la inscripción grabada en el pedestal de una estatua que aparece en el escenario en el que tiene lugar el desenlace de la película, y que no es sino la cita de unos famosos versos del poeta Percy B. Shelley:

“Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
Contemplad mis obras, oh poderosos, y abandonad la esperanza!”


Somos insignificantes en el universo y nuestra existencia no es sino una broma de mal gusto. Así que… ¿por qué no sonreir?

domingo, agosto 31, 2008

EL CABALLERO OSCURO; BATMAN VS BATMAN


Ir al cine con buenas expectativas es mala cosa. Ya se sabe. Uno se espera el oro y el moro y al final se queda todo en un “pues no ha estado mal pero no era para tanto”. Por eso cuando entré en la sala y me senté en la butaca a la espera de que diera comienzo “El caballero oscuro” sabía que lo más importante era olvidarme por completo de todo lo que había oído o leído sobre ella. Sobretodo de aquello de que “se trata de la mejor película sobre superhéroes que jamás se ha rodado”.
Pero olvidarse de todo eso es realmente difícil. Así que no me quedó más remedio que asistir al espectáculo que Christopher Nolan me servía calibrando constantemente su nivel y su calidad. Comparando una y otra vez las secuencias que pasaban ante mis ojos con las de otras películas y preguntándome a mi mismo si realmente lo que tenía ante mis ojos era la obra maestra que se suponía.

Seamos sinceros. El caballero oscuro es una buena película. O muy buena si se quiere. Y os remito a mi mismo artículo a cuenta de la calidad de las películas para que entendamos de qué hablo. No obstante, el propio Nolan se puso el listón muy alto cuando aceptó encargarse de la revisitación del personaje de Batman en “Batman begins”. Tal vez porque nadie se esperaba algo tan bueno, lo cierto es que aquella película sorprendió a propios (los aficionados a los superhéroes) y a extraños (los que no lo somos ni a superhéroes ni a los cómics en general).
La tarea que Christopher Nolan tenía por delante no era nada fácil. El precedente de Batman (Tim Burton) era una sombra alargada que tan solo admitía comparación con la secuela que él mismo llevó a cabo (Batman vuelve) y que, según que fuente se consulte, fue un auténtico fracaso o una obra que superaba el original. En cualquiera de ambos casos tanto la una como la otra se han mantenido siempre a años luz del resto de secuelas que empobrecieron hasta la putrefacción la saga del hombre murciélago.
El film de Tim Burton supuso además un pistoletazo de salida para que en Hollywood se comenzara a mirar hacia los cómics como una fuente de inspiración para el cine y, aunque una década más tarde, esa mirada se ha transformado en una miríada de adaptaciones que no nos dejan de llegar, a pesar de la ínfima calida que presentan muchas de ellas (Los cuatro fantásticos, El castigador, Juez Dredd,…).
Pero qué diferentes eran aquellos tiempos de estos. Sin el “Parque Jurásico” de Spielberg aún estrenado, la tarea de Tim Burton era la de trabajar una puesta en escena que nos sumergiera a todos en la oscuridad de Gotham city sin poder jugar la carta de unos alucinantes efectos especiales. Incluso entonces, las maquetas de la ciudad sobrevolada por la batnave o la destrucción de la fábrica del Joker con el batmóbil resultaban evidentes. ¿Pero qué importaba? La dirección artística, el diseño de producción, la inolvidable música de Danny Elfman, la destreza de Tim Burton en la planificación y un ritmo adecuado a la acción de entonces eran suficientes. El goticismo que impregna los fotogramas de aquel primer Batman perdurarán para siempre en nuestra memoria, a pesar de que revisionarla hoy sea una tarea algo árdua.
Este era el muro que debía romper Batman begins y contra el que se estrellaron todas las continuaciones que se hicieron de aquel primer Batman. ¿Qué hizo Nolan? Decidió que no haría una película de superhéroes. Aprovechó que Batman carece de superpoderes para aproximar su película mucho más a la realidad que conocemos, desechando también una imagen demasiado oscura de la ciudad de Gotham que, en definitiva, es bastante parecida a cualquier gran urbe de los Estados Unidos actual (no olviemos que el Batman de Tim Burton tiene un aire retro a los años cincuenta; indumentaria, vehículos, armas,…). Nos presentó a un Batman torturado, no por haber asistido al asesinato de sus padres (como ocurre en la versión de Tim Burton) sino por ser incapaz de evitarla. Un hombre consumido por el miedo y la necesidad de venganza, que necesita canalizarla aunque sea de un modo esquizofrénico, dividiendo su personalidad en dos (muy al estilo de las anteriores películas de Nolan cuyos protagonistas siempre tienen problemas de identidad: el vengativo protagonista de “Memento” que no sabe que sus fracturados recuerdos le fabrican enemigos en un laberinto del que es incapaz de salir; los magos de “El truco final” que son la cara y la cruz de la misma moneda, que además se desdobla en forma de hermanos gemelos en un caso y de clones en el otro).
De esta manera Nolan construye una película más cerca del thriller de acción que del film de superhéroes. Y si en “Batman begins” aún tenía el lastre de la creación del héroe (la parte del film que más cerca se encuentra de la estructura de un film de superhéroes), en “El caballero oscuro” ya se encuentra totalmente libre de esta atadura. Nótese que ni siquiera se molesta en explicar de donde procede el Joker, del que tan solo da unas confusas reseñas pero cuyo origen permanece oculto (al contrario que en el film de Tim Burton).

El caballero oscuro, comienza con un atraco. Los atracadores van maquillados como payasos y, como sabemos que el malo de ésta es el Joker, asumimos que se trata de un golpe perpetrado por él. Sin embargo, estamos hartos de ver películas con atracos en las que los atracadores se disfrazan o enmascaran con aspectos aún más grotescos y que nada tienen que ver con los films sobre superhéroes (Le llaman Bodhi, por ejemplo). Así que esa primera secuencia no nos aproxima demasiado al mundo del cómic (como ocurre con Iron Man, por cierto).
El film se desarrolla en una trama que bien podría ser deudora de las películas de mafiosos tipo Scorsesse y de las de “vigilantes” al estilo Charles Bronson en partes iguales. Un grupo de capos del crimen organizado se plantea como librarse de un tipo que actúa al margen de la ley pero que les causa más daño que la propia policía, a la que tienen, en su mayoría, comprada. Y aquí es donde aparece el Joker.
Nada tiene que ver este personaje con el que interpretara Jack Nicholson en el Batman de Tim Burton. El Joker de Nolan es un desequilibrado en busca de su némesis. Como explicaba Night Shyamalan en su mejor película (El protegido), cuando el Joker conozca quién es Batman podrá saber quién es él.
A partir de aquí toda la película no es sino un juego del gato y el ratón en el que el Joker tienta de todas las formas posibles a Batman para que revele su identidad. El propio Joker comenta en más de una ocasión de donde provienen sus cicatrices (lo que le hace ser quién es) y nunca da la misma explicación. Probablemente ni siquiera él lo sabe. Es por ello que necesita saber qué ha hecho de Batman lo que es. Entrar en su mente es el objetivo del Joker y para ello, no duda en secuestrar, asesinar, mutilar, robar, etc…
El Joker de Tim Burton pretendía hacer suya la ciudad; deshacerse de los mafiosos para gobernar él Gotham. El Joker de Nolan, como él mismo dice, no tiene un plan. ¿Acaso tiene cara de tenerlo? Es un hombre perdido, con tendencias criminales obvias, pero incapaz de saber por qué actúa de la forma en que lo hace. Racionalizar sus crímenes es absurdo. En algún momento de la película se refieren a él como un terrorista, sin embargo, es mucho peor que eso. Por extrañas o inconsistentes que pueda parecernos las motivaciones de los terroristas para justificar sus actos, no hay duda de que ellos creen que lo que hacen es un medio para conseguir un fin. Pero el Joker es el terrorista por definición, aquel que únicamente pretende causar el terror. Tanto es así que una de sus acciones resulta sospechosamente parecida a la del célebre Jigsaw, terrible asesino en serie de la saga Saw (me refiero a la secuencia en que deja en mano del pasaje de dos barcos el destino de destruir uno de los dos navíos antes de que ambos vuelen por los aires).

Nolan plantea también una subtrama interesante sobre la corrupción moral, para lo cual hace uso del personaje de Harvey Dent, político incorruptible que hace que incluso Batman se plantee colgar el traje, pero cuyos principios se vendrán abajo al ser mutilado y perder al tiempo a su amor. Ello le convertirá en “Dos caras”, un personaje de siniestro aspecto que decidirá el destino de sus adversarios con la única fórmula que realmente le parece justa: el azar.
Si no fuera por el grotesco aspecto de este personaje tendríamos otro individuo prototípico de los thrillers convencionales. Como sin duda también lo es el comisario Gordon, el único policía decente en una comisaría en la que no sabes de quién fiarte.

En definitiva, Nolan sabía que al hacer “Batman begins” debía superar el Batman de Tim Burton y para ello tiró por la calle del medio, olvidándose de remakes y trazando una historia que situara al personaje principal mucho más cerca de un vulnerable héroe de acción que de un superhéroe de cómic. Y ahora, con la prueba anterior superada y teniendo como medida de éxito su propia película, vuelve a utilizar la misma estrategia separándose aún más (casi completamente) de los lugares comunes de las películas de superhéroes.
Su Gotham es muy real, sus delincuentes están en nuestras calles, sus mafiosos son los mismos que vemos en la televisión, sus policías nos saludan desde las noticias, sus políticos discuten en nuestro parlamento. Su Joker y su caballero oscuro son nuestro miedo y nuestra esperanza. Irracionales. Enmascaradas. Pero muy reales.